Senggigi y Kuta, días por Lombok

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Tras los últimas días de relax y tranquilidad en las Gili (y el altercado de Bangsal) llegamos a Senggigi, un pueblo costero al este de Lombok para pasar a… (redoble de tambores) más calma!

 Senggigi fue nuestro punto estratégico para organizar los siguientes días antes de ascender a Rinjani. El humilde hostal en el que nos alojamos estaba un poco apartado del centro, pero el precio era más que económico y los dueños un encanto. Fuimos casi los únicos huéspedes del lugar así que nos trataron como a reyes. El desayuno era una tortilla jugosa de verduras y cafe Lombok, o lo que es lo mismo, una taza con un poso de café de un dedo que no se disuelve. A veces se acompaña de leche condensada, que es lo que nos dieron cuando pedimos si nos podían dar un poco de leche. Dos botellitas de agua al día con café o té all day long.

 El primer día decidimos caminar desde nuestro hostal hasta el centro paseando tranquilamente. Lo que no sabíamos es que había 5km que separándonos de la zona con más vidilla… Pasamos por las playas desiertas, apenas con unos pescadores y algunos crios bañándose totalmente desnudos, algo que no paramos de ver en la isla y nos pareció de lo más bonito y natural.

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Las playas eran de una arena grisácea casi negra que contrastaban con el color azul claro del agua. Las orillas estaban llenas de barcos de pesca típicos de la zona y cómo no, la suciedad característica de la isla (una lástima). A medida que nos íbamos acercando a la zona más turística, la arena se aclaraba sorprendentemente y la suciedad disminuía un poco. Pasamos por algún mirador con vistas bastante bonitas al mar y toda la vegetación que se comía las chozas a pie de playa. Pura Bati Bolong, el diminuto “templo” hinduista. Muchísimos resorts casi vacíos a pie de playa, algo que nos sorprendió ya que estábamos en temporada alta y esos hoteles con spas que tanto desentonaban con el entorno local parecían no tener tanto éxito como hubiesen imaginado cuando los construyeron… o eso es lo que a nosotros nos pareció. WHO KNOWS…

 Por fin llegamos a la playa de Senggigi y había un poco más de gente, restaurantes a pie de playa, algo de música en directo, y antorchas clavadas en la arena que alumbraban la noche. El pueblo es una sucesión de hostales, hoteles, restaurantes y agencias con tours a patadas, a los laterales de la carretera principal que va desde Bangsal hasta Mataram. Un poco más a dentro, alejándote de la carretera, se encuentran zonas un poco menos turísticas pero no hay gran cosa: casas, warungs y un sin fin de karaokes, que eso sí por la noche desconocemos si se llenaban o no, pero alboroto montaban.

 Asique entre paseos por la playa y cafes insolubles Sengiggi se convirtió en el pueblo que nos recargó las energías tras el no parar de las Gili,  y nos permitió descansar después de la paliza del Rinjani.

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  Siguiente parada…

KUTA LOMBOK

 Y volvimos a Kuta, pero no la misma, esta era en otra isla, estábamos en Kuta Lombok. Nos alojamos en Robys Homestay por un precio de 150.000 rupias la habitación, teníamos wifi, desayuno y duchas con agua fría (ningún problema para nosotros).

 A 10 minutos caminando llegábamos al centro y teníamos opción a moto por 50.000 rupias el día. SÍ, SÍ, PERO ESPERA UN MOMENTO… teníamos que pensárnoslo. Habíamos leído mucho sobre un tema que nos incomodaba y no nos dejó estar del todo tranquilos hasta que pudimos comprobar por nosotros mismos que no había de que preocuparse, hablamos de la seguridad.

 La verdad leímos y escuchamos experiencias e historias en primera, segunda y tercera persona, sobre sospechosos robos de motos que terminaban en exageradas sumas de dinero que acababan pagando los viajeros estafados, ante las amenazas de los dueños de estas, robos de mochilas y asaltos por la noche… Historias para no dormir.

Pero nuestra estancia paso sin incidente alguno, y nuestra experiencia fue muy agradable. La gente de Lombok nos pareció amable, simpática y curiosa. Bastante abiertos a otras culturas tan diferentes a las suyas que empezaban a irrumpir cada vez con más fuerza en sus vidas. Esta isla es como la mayoría de islas en Indonesia es musulmana y exceptuando las Gili (que pertenecen a Lombok y no a Bali) no tiene tanto turismo. Sus habitantes son notablemente más humildes que los de la vecina, predominan los pueblos austeros con 4 warungs y casas sencillas, pescadores, arrozales y plantaciones de tabaco, o eso es lo que pudimos ver durante nuestra estancia en la isla.

 Mataram es la ciudad más grande de Lombok, estuvimos solo de paso de camino a Kuta y nos quedamos con las ganas de ver que podía ofrecernos, ya que es el centro administrativo de la isla y nos hubiese dado otra visión sobre el día a día de los habitantes de la capital. Pero otra vez será.

 Por lo que los locales pudieron contarnos y nosotros fácilmente pudimos observar, la isla es un diamante en bruto y ya hay quien ha visto la oportunidad de pulirlo o explotarlo. Kuta y los alrededores del sur de Lombok están llenas de obras y proyectos de edificación. No hacemos más que escuchar que Lombok será en unos años el nuevo Bali en versión musulmana, y no lo dudamos. Los locales por supuesto son los primeros que se han dado cuenta, y han visto aquí una manera más de ganarse la vida. El turismo genera mucho movimiento, dinero y alternativas para aquellos que tienen una gran necesidad.

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Un claro ejemplo es la abundancia de niños insistentes vendiendo brazaletes, algo que no habíamos visto ni en Bali ni en las tres Gili (Trawangan, Meno y Air). Nos desconcertó un poco al principio ya que no sabíamos cómo actuar. Por el dilema de si estaba bien o mal. Si vendían ¿seria porque necesitaban el dinero y deberíamos ayudarlos? ¿Lo hacían bajo presión de unos padres o un adulto que los obligaban o forzaban y no deberíamos colaborar en eso? ¿sería como parte de un juego después de salir del cole, (del que nos consta que iban) igual que nosotros hicimos en nuestra infancia? Sea cual fuese la razón ¿deberíamos fomentar e incitar a que ante el dinero fácil se acostumbraran a vender por las playas en vez de jugar como deberían hacer los niños de su edad?

Al final preguntamos sobre el tema a quien nos pareció que respondería honesta y objetivamente. Todas las suposiciones eran en parte ciertas. Había niños que conscientes de la necesidad que había en sus casas, ayudaban como podían a sus padres, tanto por decisión propia como por decisión de los mayores, pero tampoco forzados. También lo hacían para practicar su inglés (y os aseguramos que la mayoría de ellos con solo 8 años hablan muchísimo mejor que mucho jóvenes con 18 tras haber dado clases de inglés toda la vida) y de paso aprender otros idiomas conscientes de que lo necesitarían en un futuro. Y por último se había convertido en un juego (algo incómodo para el turista) con el que aparte de entretenerse haciendo pulseras, se podían ganar un dinero extra para chuches y helados. Nosotros optamos por jugar con ellos, hablar y compartir a veces nuestra comida. Gracias al imán que tiene Ander y su slakline no nos los quitábamos de encima, y cuando se acercaba uno se animaban todos.

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Durante los 6 días que estuvimos en el sur, la mayoría los pasamos descubriendo playas y recorriéndolas con la moto. Kuta que es el pueblo donde se reúnen la gran mayoría de turistas que viajan a Lombok, exceptuando las 3 Gili, (dato que me he sacado totalmente de la patilla, aunque seguramente acertado ). Pero durante el día no se ve tanta gente ya que todos se desperdigan por las playas tanto al este y al oeste de el pueblo. Con lo que es el campamento base de la mayoría de surferos y demás viajeros que llegan al sur.

 Disfrutamos de la tranquilidad de las playas de agua turquesa y esa particular arena que te masajeaba el pie con cada pisada. Completamente vacías algunas, en las que ni siquiera tenías que pagar aparcamiento a otras que estaban un pelín más concurridas por bañistas, un par de warung playeros, y alguna amaca, pero nada masificadas, en las que por aparcar la moto tenías que pagar unas 10.000 rupias. Nosotros pagábamos encantados ya que sabíamos que nos la iban a cuidar y porque éramos conscientes de que los habitantes de estas playas nos dejaban disfrutar de ellas, mientras pasábamos con las motos por sus terrenos atreviéndonos a aparcar en la misma arena, como si de nuestro jardín se tratara.

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 Alguna de ellas estaba algo sucia con basura que el mar había traído (o eso es lo que queríamos pensar). Desde chancletas, latas y botellas, hasta juguetes. Nos hizo mucha gracia ver a una mujer que pagó una sustanciosa cantidad de dinero  por una hora de trabajo a un grupo de niños a los que hizo recoger basura en Tanjung Aan Beach (una de las más concurridas), en vez de comprarles brazaletes que tan insistentemente intentaban vender. Así que desnudos entrando y saliendo del agua, recogían plásticos y demás objetos que encontraban en la orilla, felices por la recompensa que les esperaba.

Visitamos playas en las que por la mañana las olas las hacían perfectas para los surfistas y por la tarde debido a la marea baja lo eran para los pescadores y curiosos que se acercaban a ver lo que el fondo del mar escondía. Era el momento perfecto para ver corales, algas, peces, crustáceos y por supuesto locales pescando y recogiendo de todo, estando el fondo del mar tan al alcance.

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También nos entró la curiosidad de visitar alguna aldea de las famosas tribus Sasak. Sasak es la etnia predominante y más antigua de Lombok, la mayoría son musulmanes con influencia hinduista y budista en algunos casos (debido a que fueron conquistados por los balineses en el siglo XIIX). Su idioma es parecido al balines y javanes, con una mezcla de sánscrito y árabe, pero también tienen diferentes dialectos dependiendo de la zona en la que viven. La mayoría de hombres son granjeros, agricultores, pescadores. Mientras que las mujeres se dedican a la confección de telas y sarongs. Debido a la falta de recursos económicos muchos se han movido y adaptado a la vida lejos de las tribus, migrando a las ciudades, pero cerca de Rinjani y por el sur pueden encontrarse aldeas que conservan sus costumbres y arquitectura tradicionales. Las casas están hechas de bambú, paja y estiércol, y  tienen un aspecto muy peculiar en forma de granero y otras casi con el tejado que llega al ras del suelo.

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 Decidimos coger la moto y buscar una de las aldeas que estaba en la montaña. Mientras subíamos esos caminos de tierra completamente sin asfaltar solo pensábamos si nos estábamos confundiendo de camino. Éramos los únicos “bules” que pasaban por esos caminos. El camino era muy difícil y no queríamos pinchar, ya que no sabíamos dónde íbamos a poder arreglarlo. Los locales nos miraban extrañados suponemos que poco acostumbrados a ver turistas por ahí (NO ME EXTRAÑA, NECESITABAS UNA MOTO DE TRAIL PARA SUBIR ESO! Si querían mantener a los curiosos lejos lo estaban haciendo muy bien). Yo iba sonriendo a todo el mundo por si acaso, no queríamos molestar con nuestra presencia a nadie. Pero sus caras de desconcierto se convertían en sonrisas igual que la mía .

 Queríamos llegar a Rembitan pero jamás lo encontramos, así que nos conformamos con ir a Sade, que se podía llegar fácilmente por la carretera principal ahorrandonos todo el camino de cabras que habíamos pasado… pero el nuestro tenía más gracia!

Aparcamos, nos miramos y sin decir nada nos entendimos a la perfección: NO PENSAMOS PAGAR POR ENTRAR. Parecía que se había montado otro circo y estaba lleno de gente. Enseguida se nos acercó un hombre con mucha labia diciéndonos que era de la tribu sasak y que nos haría de guía. A lo que le respondimos que solo íbamos a mirar por fuera. Sacamos alguna foto desde la lejanía y pasamos de la entrada, empezando a rodear la aldea para verla un poco más, cuando de repente un hombre (ese sí sasak) nos invitó a entrar, así que accedimos.

Nos llamó la atención la manera de construir las casas, bajitas y de paja, con una entrada de tres escalones de piedra. Todo el pueblo era un laberinto de callejuelas estrechas sin orden alguno y escalonadas. Todas las casas estaban prácticamente pegadas unas a otras y en el poco hueco que podías encontrar en sus calles se hallaban mujeres tejiendo telas y vendiendo sarongs. Intentábamos pasar sin molestar a nadie, para que no se sintieran invadidos, pero estaban más que acostumbrados y seguían tranquilamente con sus cosas. Estuvimos apenas 10 minutos de los cuales 5 los pasamos mirando a una mujer tejer y 3 mirando como una señora mayor mezclaba en un recipiente para posteriormente mascar una pasta de color roja (una de esas situaciones en las que no puedes dejar de mirar algo desagradable, imnotizado por una extraña atracción generada por la curiosidad y repelus que te produce)

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Por las noches comíamos casi siempre en nuestro warung favoríto, intentamos cambiar, pero siempre acababa siendo más bueno, bonito y barato el de siempre. Después nos dábamos una vuelta y tomábamos alguna cervecita por 30rupias aprovechando la “happy hour” y las fiestas que se alternaban cada día en un bar diferente, muchas veces con música en directo. Menos la última, que la pasamos “durmiendo” en el aeropuerto, ya que tomábamos el vuelo a Malasia a las 6 de la mañana, vaya nochecita….

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Un comentario

  1. Hola chicos…..
    Soy vuestra fan numero uno.
    Me gusta mucho vuestro blog,sobre todo cuando contáis alguna experiencia vivida,hace que la lectura sea mas cercana
    Un ABRAZOOOOO

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