Lo que Mindat nos regaló

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Rápido pasaron los días caminando entre las centenarias ruinas de Bagan. Era tiempo de partir a nuestro siguiente destino y el itinerario marcaba una localidad situada al este de país: Hsipaw. Sin embargo, una vez más romperíamos con lo establecido cambiando el rumbo de nuestro viaje.

El plan era acercarse a la pequeña localidad motivados por un proyecto de treking por los alrededores. Lo que no supimos al trazar nuestra ruta inicial fue que mientras recorríamos Myanmar se localizarían luchas de guerrillas  en las inmediaciones de Hsipaw.

¿Cambiando el rumbo?

No sabíamos muy bien que hacer, ni si era seguro llegar hasta allí. Ante la duda… mejor preguntar. Entonces fue cuando el dueño de nuestra hostal nos comentó una alternativa: la posibilidad de viajar al Estado Chin (abierto en 2013). En concreto, a un pequeño pueblo llamado Mindat.

En Chin State está la segunda montaña más alta de Myanmar, seguro que os encanta

No dudamos en coserle a preguntas. Nos habló sobre pueblos de montaña poco transitados, paisajes increíbles y tribus que aunque se habían amoldado a las normas impuestas, seguían intentando mantener vivas sus costumbres y la cultura…Eso dijo, o algo parecido… ya se sabe que cada uno interpreta lo que quiere.

Así pues, patada a la brújula y cambiamos de rumbo completamente: atrás quedaba el plan del este, ¡nos dirigíamos al noroeste!.

Al día siguiente estábamos tomando una camioneta dirección a Pakoku. Lugar desde donde salían minivans directas a Mindat.

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Un pueblecito en las montañas nos esperaba.

Mindat. 5 hostels y nosotros sin cama

Tardamos casi todo el día en llegar a aquel pueblo en lo alto de las montañas. ¡Pero llegamos! La carretera, aunque mala como ella sola, agradecimos conocerla a medio reformar (antes debía ser incluso peor).

Fue tocar suelo y ponerse a buscar hostal… entre los 5 que había. Ni más ni menos.

El más barato eran 10.000 kyats por persona (demasiado para nuestro presupuesto), sin agua caliente, ni WIFI, ni desayuno, ni electricidad… es decir, por una cama.

Ni regatear pudimos. Los dueños parecían bastante reacios a todo, pareciendo que les daba exactamente igual si nos quedábamos o no. Y respecto a las demás opciones… si este nos parecía caro… mejor no preguntéis por los otros. 

Nada más lejos de aceptarlo, nos relajamos y paseamos tranquilamente por el pueblo hasta que llegó la hora de cenar. Ya habría tiempo de decidir.

Entramos en un pequeño restaurante donde servían comida típica birmana con sus más de 5 platitos acompañando el principal. Allí conocimos a otros 3 extranjeros igual de perdidos y desinformados que nosotros. Ellos estaban decididos a hacer la ruta hasta Mount Victoria y contratar un guía para visitar las tribus de los alrededores. Nosotros todavía no sabíamos cuál sería el plan, pero ese no nos convencía del todo.

Terminamos de cenar sin ninguna decisión sobre donde pasar la noche. Entraba el sueño, el frio y no había ninguna gana de hablar con los del hostel. Así pues, cogimos las mochilas, la tienda de campaña y nos acercamos a un campo de futbol.

Pedimos permiso a una familia que vivía cerca y aunque no acababan de entender por qué no teníamos donde dormir, con su visto bueno terminamos en un pequeño cobertizo, entre chapas. Por suerte había un pequeño techo y metimos la tienda dentro para resguardarnos… ¡Por la noche hacía muchísimo frío!

Casi vaciamos las mochilas, entre todo lo que nos tuvimos que poner encima para no congelarnos

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Tipico puesto de “un poco de todo”  en el mercado de Mindat

Sor Asunta

5:30 am. Nos despertamos con los primeros rayos de sol, hacía un frío que mataba pingüinos y el pequeño pueblo empezaba a funcionar. Hasta los niños estaban más que despiertos.

Desmontamos la tienda y nos dirigimos (no sé por qué razón) en la dirección que acudían todos los niños. De repente nos encontramos con Sor Asunta (ella se presentó así, pero creemos que tenía un nombre birmano antes), una agradable monja cristiana, quien al vernos con las mochilas y algo perdidos a esas horas de la mañana, nos invitó a desayunar a su convento y guardar nuestras mochilas. 

Con unos cafés y unas galletas estuvimos charlando por más de media hora. Intercambiamos preguntas: ella se interesaba por nuestros viajes y nosotros por su trabajo y su vida.

Sor Asunta acababa de llegar unos meses atrás de Inglaterra, donde había pasado los últimos 15 años desde que se marchó de Myanmar, debido a la situación en la que se encontraba el país en aquella época. Por fin había vuelto a su hogar y ahora se dedicaba a ayudar a niños de todo el estado Chin, que debido a las dificultades económicas en las que se encontraban, no podían permitirse ir a la escuela o asistir al instituto.

El monasterio hacía las funciones de residencia para aquellos niños que querían asistir a clases en Mindat y preparaban a los más mayores para el examen con el que accedían a la universidad (una especie de selectividad).

Una coincidencia de lo más interesante.

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Capilla cristiana del pueblo de Mindat

Primeras interacciones con la etnia chin

Sor Asunta nos habló sobre un camino bien sencillo para visitar los alrededores y poder conocer otro pueblecito. Hasta nos escribió unas palabras en birmano y chin por si nos perdíamos… Pero aquel día no teníamos intención de ir muy lejos, solo seguiríamos uno de los senderos fáciles. ¡Qué maja esta mujer!

Comenzamos la caminata circular de unos 10km que pasaba por una pequeña aldea cerca de Mindat y enseguida nos dimos cuenta que no era muy transitada por extranjeros:

La gente paraba de hacer lo que tuvieran entre manos para mirarnos y saludar con una sonrisa.

Estábamos acostumbrados a que los birmanos sintieran curiosidad por nosotros, pero estos lo hacían todavía más.

También fuimos encontrándonos con ancianas con la cara tatuada durante todo el camino. La primera vez nos impactó muchísimo, pero otras veces eran ellas las que se quedaban mirándonos como si fuéramos nosotros los de la cara llena de rayas y círculos .

Las mujeres birmanas me parecieron guapísimas desde el momento en el que pisé el país y estas señoras de piel tostada por el intenso sol, con tatuajes azulados por el tiempo, las profundas arrugas y esos pómulos tersos bien altos, no eran una excepción.

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Esa belleza natural y tinta como único maquillaje

Replanteamientos morales

Estábamos maravillados con lo que poco a poco íbamos encontrándonos.

Pero hay que reconocer que parte del interés que despierta el estado Chin es el desconocimiento sobre el lugar y para ser honestos, el morbo que crea el hecho de que haya ancianas con la cara tatuada, dilataciones de colores y vestimentas tradicionales.

Mientras caminábamos debatíamos y reflexionábamos sobre si estaba bien lo que hacíamos o no.

Siempre hemos manifestado nuestra posición contraria a cualquier tipo de circo (tanto con animales como con personas). Pero esta vez, la reflexión iba un poco más allá. En estas aldeas, aún al margen del lado más oscuro del turismo, no hacían “un teatro”, nadie obligaba a nadie a vestirse o tatuarse de una u otra forma… sin embargo:

El simple hecho de que personas paguen dinero por ver a otras personas, nos abruma un poco.

 Este hecho puede sonar inocente. Más de uno pensará:

¡Oh vamos! Es solamente un guía que te explique las costumbres de una zona. No es para tanto

Sí, pero te lleva donde ellos, los “exhibe” y en cierto modo, se lucra y comercializa una cultura. Es así, y no de otra forma, como empiezan todos esos lugares a los que llamamos “circos”.

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La vieja y nueva generación de los Muum Chin

Nosotros, no habíamos contratado ningún tour, ni habíamos pagado a nadie para que nos enseñara cómo vivía ninguna tribu a las afueras… pero allí estábamos, andando por Mindat.

Sacamos fotos allá donde vamos: a paisajes, casas, edificios, niños, ancianos, familias, animales… y en Mindat TODO era digno de inmortalizar, absolutamente TODO era fotogénico. Pero no podíamos evitar sentir cierta culpabilidad cada vez que pedíamos permiso a una señora, para ponerse frente a nuestra lente.

En realidad, el dilema estaba en nuestras cabezas, pues ellas posaban contentas, igual que el resto de gente a la que fotografiamos.

Muchas veces no hace falta buscar, para encontrar… en el paseo que dimos nada estaba preparado y ninguna de aquellas señoras recibe ningún dinero por lo que llevan en la cara. Simplemente paseábamos y era el propio camino el que nos iba regalando situaciones y oportunidades para compartir un rato con las mujeres que (por decisión propia) habían acudido desde sus poblados a Mindat.

 Aun así, no paramos de pensar en que al igual que nosotros fuimos atraídos por lo exótico del lugar a irrumpir en las tranquilas vidas de aquellas personas, otros muchos lo harán más tarde, con más o menos respeto y no sabemos cómo les afectará eso…

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Compartiendo un buen rato con los más peques del pueblo

Pequeña, testaruda y fuerte como ninguna

Seguíamos nuestra caminata hasta que Ander comenzó a sentirse otra vez mal. Andaba un poco tocado desde Pyay y el sol de aquel día lo tumbó.

Subiendo una cuesta sin asfaltar y bastante empinada, nos detuvimos en una sombra para descansar. Al rato, cruzó una señora de más de 60 años que portaba dos troncos de caña de azúcar en una cesta que le caía con una cinta desde la frente, a la espalda.

Caminaba descalza, con la mirada baja. Parecía concentrada mirando el suelo que iba pisando a pasitos muy cortitos. Iba agachada y eso la hacía parecer más bajita, pero realmente media menos de metro y medio, ya que yo le sacaba 30cm (y soy un tapón).

Tardamos un rato en emprender nuestra marcha de nuevo. Seguimos esa larga cuesta que se extendía por más de un kilómetro y en menos de 5 minutos nos volvimos a cruzar a la pequeña mujer.

–          ¡Señora! ¿necesita ayuda?

–          ….….. – nos miró, pero no dijo nada.

–          Creo que no entiende ingles… ¡Anda! ¡Vamos a cogerle los troncos!

Tardamos en convencer a aquella señora de que aceptara nuestra ayuda. A pesar de su pequeña estatura y su avanzada edad, me alegró ver que era fuerte y testaruda.

En cuanto cogimos los dos troncos nos dimos cuenta del peso que llevaba encima. ¡LLEBABA MÁS DE 20 KG!

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Ander con una de las pesadas cañas de azúcar y la pequeña Schwarzenegger de Mindat

Empezamos a caminar cuesta arriba y ella en sus 13, nos decía que pusiéramos otra vez los troncos en la cesta cada vez que nos veía cambiar de postura.

Al final tuvimos que darle una chaqueta y un libro para que llevara algo de peso y no se sintiera mal, lo cual aceptó con una carcajada desdentada y una cara en la que la tinta de los tatuajes, ajados por el tiempo, apenas se hacían visibles por el tono oscuro que tomaba su piel. Nos pareció muy entrañable.

No pudimos mantener conversación alguna, ni siquiera saber su nombre, ya que por supuesto no hablaba inglés y por lo que pudimos comprobar tampoco myanmar (el idioma oficial del país). Tampoco supimos ni si hablaba chin (el idioma oficial del estado) ya que, debido a la gran variedad de tribus del lugar, en la región Chin se hablan 53 idiomas.

Lo que no cabe duda es que estaba contenta. Si ya llamamos mucho la atención a la ida, mucho más lo hicimos a la vuelta, detrás de aquella anciana que a pasitos cortos y con una sonrisa tatuada en la cara, iba escoltada por dos blanquitos que portaban sus troncos de azúcar.

No entendíamos qué es lo que les decía a aquellas personas que le preguntaban por nosotros, pero sería algo como:

-Estos dos han insistido en ayudarme y no he podido decirles que no. Pero son unos flojos. Llevo cargando cosas más pesadas toda la vida y parece que les está costando una barbaridad. Van sufriendo tela.

Sin duda estaba más fuerte que el vinagre. Mientras tanto, a Ander ya se le había quitado el dolor, no sé si por empatía o por la vergüenza de haber tenido que parar en la subida y ser adelantado por aquella .

Así pues, insistiéndola todo el camino en que la acompañábamos un poco más, llevamos los troncos hasta su casa. ¡4 KILOMETRAZOS!

Todo nuestro respeto a esta luchadora, que a su edad probablemente haga esto y mucho más día sí, día también.

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La viva imagen de una mujer feliz

Coleccionista de cultura

Volvimos a pasar por el convento a por algo de ropa y nos dirigimos al pequeño museo que nos había recomendado Sor Asunta. Una casa en la que un descendiente de la tribu Muum, el hijo mayor de los Naing, guarda las reliquias familiares y coleccionaba otras que conseguía a lo largo de todo el estado.

Con mucho entusiasmo y pasión, nos explicó todo lo que sabía sobre la etnia Chin, las tribus, las diferencias entre ellas, sus costumbres, los rituales, los objetos que utilizaban en los sacrificios, ropas, utensilios, adornos y lo que más nos impactó (en el sentido negativo)… la colección de pieles y cabezas de diferentes animales que colgaban como orgullosos trofeos de su pared.

Desconocíamos totalmente que Myanmar albergaba toda esa variedad de animales. Desgraciadamente muchos de ellos estaban en peligro de extinción: Calaveras de oso de todas las edades, tigres, búfalos, jabalíes, leopardos, ciervos, lobos, monos y unos pájaros gigantes y muy bellos, que tuvieron la “suerte” de acabar en el estomago de los habitantes de Mindat en vez de ser vendidos a los ricos chinos que venían a menudo a buscarlos.

Aunque interesante, salimos con un sabor agridulce de aquel “museo”. Felices por todo lo que habíamos aprendido y por las infinitas preguntas a las que este hombre amablemente había respondido (ya fueran sobre temas culturales o políticos). Pero tristes porque sabíamos que la pared de aquel hombre seguiría llenándose de trofeos y los bosques acabarían perdiendo esa diversidad de fauna que albergaban.

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El mayor de los Naing orgulloso de su colección

Hora de decir adiós

Volvimos a visitar a Sor Asunta sobre las 19:00 cuando todos los niños rezaban y se preparaban para cenar. Esperamos a que acabaran y nos despedimos de ella. Muy preocupada nos preguntó si teníamos donde dormir, ofreciéndose a dejarnos algún lugar para que pusiésemos la tienda, pero le mentimos diciendo que ya habíamos reservado hostal. No queríamos que se preocupara sin razón y sabíamos que tampoco estaría tranquila teniéndonos en su convento.

Cogimos nuestras cosas, cenamos y nos volvimos al cobijo de la noche anterior.

A la mañana siguiente apenados por no quedarnos más, pero deseosos de llegar a una ciudad donde pudiésemos dormir por un precio digno y donde no hiciese tanto frío para que Ander se recuperara del todo, visitamos el mercado local, nos empapamos de la sonrisa y la mirada curiosa de los habitantes de Mindat y nos montamos en un autobús con dirección a Mandalay.

¡Hasta otra Mindat! No lo dudes, volveremos.

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Pequeño Chin saludando al mundo

Gracias por leer este post. Esperamos que te haya gustado.

Si quieres saber más sobre la etnia Chin y por qué algunas tribus se tatúan la cara o algún dato útil sobre Mindat: qué hacer, dónde comer, dónde dormir, como llegar… no te pierdas nuestro guía: Mindat, mágia en las montañas.

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