El Nido, Hakuna Matata

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Otra vez en barco íbamos camino a El Nido. Como siempre en “slow boat”, sin prisas, en un bote tradicional filipino: un bangka más robusta que la que nos llevó por los alrededores de Coron y las islitas.

 Esta vez no tenía ninguna excusa para quejarme ya que Ander me había dado a elegir entre el ferri rápido y la barca tranquila (y barata). Yo consciente de la facilidad con la que me mareo ya sea en coche, autobús o triciclo, le dije que ESTA VEZ NO ME PASARÍA porque era un trayecto de apenas 6 horas “eso no es na” (después de la experiencia Atienza).

 Pensaba estar cerca de una zona en la que el aire me pegara en la cara, quietecita y concentrada en no marearme. Y  así lo hice, tumbada al lado de la “ventana” me pasé todo el viaje hasta que a falta de una hora ya no pude contener a mi naturaleza. De rodillas en el banco con la cabeza sacada por la ventanilla y blanca como el papel, terminé intentando aguantar el resto del viaje.

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Llegando a El Nido

 

Ya en El Nido nos dispusimos a buscar un hostal baratito para pasar la noche. No hicimos un buen trabajo de búsqueda y comparación, ya que nos quedamos en uno de los peores hostales en los que hemos estado desde que llevamos viajando, con una calidad/precio pésima.

 Hay que decir que no somos muy sibaritas. Somos conscientes de lo que se puede esperar por un precio muy bajo. Obviamente no vamos a pedir el palacio de Buckingham, pero que sea un lugar austero no quiere decir que tenga que haber una capa de mierda de 5 centímetros por todos los lados.

 Montañas de ropa y mantas recién sacadas de la lavadora en medio del pasillo, un olor insoportable, suciedad claramente visible por todas partes ya fuese fuera o dentro de las habitaciones, sabanas sucias, con agujeros y sospechosas manchas que pedían a gritos ser jubiladas. Y para colmo ni el personal ni el precio eran buenos.

 Con cada persona que nos cruzábamos dentro de la casa (engañados como nosotros) compartíamos la misma idea: Una noche y no más.

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Letreros por las calles de El Nido

 

A la mañana siguiente bien tempranito nos movimos a otro hostal con mejor precio y que nos dio una buena sensación desde el principio. El lugar no era nada del otro mundo, pero el personal y el habiente nos ganaron.

En cuanto llegamos a Hakuna Matata la dueña nos atendió con esa amabilidad que caracteriza a los filipinos. Nos invitó a que tomáramos un cafecito relajados en los sofás mientras nos preparaban la habitación.

 En ese momento fue cuando conocimos a Billy: un malayo que se alojaba gratis en el hostal a cambio de echar una mano. Estaba preparando el desayuno para otros dos voluntarios más y mientras tanto nos fue informando de todo lo que podíamos hacer por estos lares. Conectamos desde el primer momento y la mala experiencia del día anterior quedó en un segundo plano.

 Mientras charlábamos tranquilamente, café en mano, se nos acercó la hija de la dueña del lugar para advertirnos que debido a que era uno de las últimas casas de madera se había vuelto el refugio de ratas y cucarachas. Y justo cuando lo estaba contando bajó Magda: una polaca que había tenido una mala noche por su nueva compañera de cama… una cucaracha. Sin embargo nos dijo que no se quería marchar por el buen rollo que allí tenían. En ese momento pensamos: Bueeeeeno algo malo tenía que tener.

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La dueña nos dio una mosquitera para envolver la cama y evitar los inquilinos (¿sensación de falsa seguridad?). Aun así era inevitable estar en tensión cada vez que abríamos la puerta por si nos saludaba algún ratoncillo.

 Tras conocer al resto de la tropa esa misma tarde quedamos en vernos en Las Cabañas (una playa cercana) con Billy, Antonio, Magda y los demás. Nosotros fuimos caminando para conocer la playa de Corong Corong, pero a medio camino empezó a llover. Así que fuimos corriendo hasta un mirador a esperar a que la lluvia amainara antes de proseguir nuestro camino hasta la playa. Paró, pero cuando llegamos por fin a tocar arena no duramos más que una horita ya que la lluvia pasó de ser “xirimiri” a una tromba de agua.

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Vistas de Corong Corong desde el mirador

 

Queríamos volver andando, pero era una hora y la lluvia no daba tregua. Esperamos por más de 30 minutos cubiertos junto a los conductores de triciclos (los cuales no paraban de ofrecernos llevarnos de vuelta por 300 pesos). Pero después de mantener una conversación sobre futbol (tema que nos interesa bastante poco, pero al decir de donde somos siempre sale…) uno de los conductores se ofreció a llevarnos por 100. Y visto que no paraba, ni tenía pinta de parar, no lo pensamos dos veces, ¡ARRIBA!

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Isla de la playa de las Cabañas

 

Ya que el agua caía sin cesar no nos quedó otra opción que empezar a beber cerveza con los del hostel (muy a nuestro pesar…).  Ya éramos unos cuantos en la zona común de Hakuna Matata y como la lluvia no paraba, nosotros tampoco. Yo caí dormida, pero Ander y los demás salieron de fiesta al único lugar que no cerraba durante toda la noche.

 Como el bar estaba en la playa hicieron un primer intento de ver el plancton luminiscente, pero las luces de la fiesta y la luna lo hicieron imposible. O eso, o no se enteraron. Y ya que estaban dentro del agua, les pareció una magnífica idea mejorar sus habilidades (inexistentes) para hacer backflips. Razón por la que Ander despertó con dos heridas en la cara, un dolor de cabeza insoportable y un montón de amigos que lo irían saludando durante todo el resto de nuestra estancia sin saber por qué.

 Después de una noche intensa no hay mejor plan que relax playero, asique aprovechando el buen tiempo decidimos volver a Las Cabañas. Llegamos 5 como pudimos en un triciclo por 150 pesos (casi nada). Equipados como para montar un circo: cariocas, palos del diablo, bolas de malabares, diábolo, slackline… nos pasamos el día en la playa hasta que apretó el hambre. Pero como en Las Cabañas los precios se van por las nubes volvimos caminando hasta El Nido y paramos en un restaurante vegetariano en la playa de Corong Corong.

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Chapuzón en Las Cabañas, esta vez con buen tiempo

 

Al llegar conocimos a la gente que recién había llegado a El Nido: Charlot, Marc y Nadia. Y como todo el grupo quería hacer boat trip, hicimos piña y salimos en busca de la mejor oferta.

 Nosotros conocíamos de la existencia de un local que nos podía dejar el boat trip por 700 pesos, eligiendo el recorrido que quisiéramos. Intentamos contactar con él, pero no contestó (hasta el día siguiente, demasiado tarde…)

 Preguntamos precios por todas partes y no nos quedó claro si el pago de la tasa de medio ambiente era una farsa o no… en unos sitios estaba incluida, en otros lados no, te preguntaban si habías hecho algún tour, pero no pedían nada para verificarlo… (al final quedó claro que no llevan ningún tipo de registro).  Nos llegaron a rebajar el precio del tour A de un precio inicial de 1.200 hasta 800 pesos (tasa incluida).

 Al final apalabramos uno de 850 pesos (como éramos un grupo grande y no queríamos tener la responsabilidad por si era malo, descartamos el más barato) y preguntamos si podíamos confirmarlo y pagarlo al día siguiente. Durante todos esos días no había parado de llover así que no nos queríamos comprometer no vaya a ser que el tiempo no acompañara…

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En busca de un Boat Trip

 

Nos despertamos temprano para mirar el cielo y a las 7:30  estábamos en la puerta de la tienda esperando para confirmar. Pero siguió cerrada hasta las 8:00 y se supone que los tours empiezan a las 9:00. Así que nos buscamos la vida para hacer la salida aquel día (no vaya a ser que el siguiente lloviera) y terminamos pagando 1000 pesos con nuestro hostal.

 Éramos un grupo de 6 los que salimos de Hakuna Matata y nos encontramos con el resto en la misma playa de El Nido desde donde salían todos los barcos. Esa fue el único momento en toda la estancia de El Nido en el que sentimos que sobraba la gente. No sabíamos de donde habían salido tantas personas, pero ese día la playa estaba llena de turistas esperando a subirse a la flota de bangkas.

 La primera parada fue la playa de 7 Commandos. A primera vista no nos pareció nada espectacular (para ser Filipinas), ya que la orilla estaba repleta de barcos con una pequeña zona rodeada de bollas reservada para el baño que mucha gracia no nos hizo.

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Niños en la playa de Corong Corong

 

 En no más de 20 minutos estábamos de vuelta en la barca de camino a Secret Lagoon. Todos los barcos aparcaron bastante antes de la playa (debido a la poca profundidad de agua no podían pasar). Nos pusimos las sandalias que nos protegían de las punzantes rocas y nadando llegamos hasta la pequeña entrada que daba de este lugar “secreto”.

 A decir verdad, la estampa es inmejorable: Una pequeña playa rodeada de rocas escarpadas superando los 10 metros de altura y en uno de sus laterales sobre el agua, en medio de una de esas fachadas rocosas un agujero de no más de un metro de diámetro por el que accedes a un lago escondido.

 Enseguida notamos el cambio de temperatura ya que ésta es una laguna de agua dulce que se filtra desde un rio subterráneo de la isla y se mantiene a unos grados menos que la del mar.

 El lugar era curioso y no cabe duda que precioso, igual que el resto de puntos del tour, pero ya nos empezamos a dar cuenta de que aquello no era Coron y la cantidad de gente haciendo los tours se multiplicaba por dos o tres. Cosa que no dejaba disfrutar del todo de la belleza del lugar.

 Después de nadar y disfrutar de las impresionantes vistas de Small Lagoon ya empezábamos a estar un poco cansados y hambrientos. Menos mal que la siguiente parada era Simizu Island donde después de hacer snorkel por un largo rato y ver estrellas de mar azules por primera vez, llegó la hora de comer.

 Un festín para todos los gustos con el que nos pusimos las botas nosotros y el lagarto que paseaba por la playa. Al que acabé dándole algunas de las sobras.

Con la barriga llena y la modorra que entra con el sol tuvimos que hacer esfuerzos para meternos al agua, pero una vez ahí volvimos a quedarnos impresionados con la estampa. Estábamos en Big Lagoon. Bueno, más bien a la entrada, porque para llegar había que nadar de lo lindo. Así que cual pez sin aletas, Marc y yo nos empezamos a agarrar a los kayaks que pasaban para que nos remolcaran y no tener que nadar tanto (que vagos).

 Al día siguiente el tiempo pintaba un poco confuso pero decidimos alquilar unas motos entre Charlot, Marc, Nadia, Ander y yo para visitar Napkan beach: una playa tranquila a unos kilometros de El Nido. Pero nuestra primera parada eran las cataratas Nagkalit-Kalit (pillaban de camino).

 En cuanto llegamos a la entrada del sendero que conducía a las cataratas una chica, muy educada, se nos acercó a ofrecernos un guía a lo que nosotros respondimos: muchas gracias, pero lo podemos hacer solos.

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Camino a la cascada

 

 Mientras aparcábamos las motos y mirábamos el recorrido en MAPS.Me se nos volvió a acercar diciéndonos que era obligatoria la presencia de guías. Sabíamos que no era verdad porque Billy y el resto de compañeros habían ido en otra ocasión y nos dijeron que era gratuita y la misma dueña del hostal nos lo confirmó. Le dijimos que no se preocupara, que sabíamos el camino, a lo que respondió: bueno, pues entonces tenéis que pagar parking. ¿COMO? Nos sentimos algo indignados porque ahora, así de repente, nos hicieran pagar. Así que para evitar conflictos dijimos: ok, no pasa nada.

 Cogimos las motos, remontamos un par de curvas la carretera, aparcamos y fuimos andando hasta la entrada.

 Así tranquilamente y con la ayuda de nuestro gran amigo MAPS.ME fuimos encontrando el camino mientras nos cruzábamos con turistas con y sin guía por igual.

 Por suerte nosotros ya andamos en chancletas por defecto (chancletas de las de tiras, no esas de dedo que se van para todos los lados.) pero Nadia iba quitándose y poniéndose las zapatillas cada vez que teníamos que cruzar un rio, hasta que desistió y fue descalza lo que quedaba.

 La pequeña cascada nos esperó con su agua fresquita para hacernos recuperar un poco de la caminata y espabilar del calor. Un buen chapuzón y ¡a desandar lo andado!.

Conduciendo a Nakpan Beach el camino se empezó a poner un poco más serio y las lluvias de los días anteriores habían dejado huella. Barro por todos los lados haciendo que las ruedas bailaran salsa. Nadia iba en tensión siendo la primera vez que cogía una moto y todos íbamos a su ritmo.

 Tras surcar bien los barrizales, justo a la entrada de la playa nos pararon para pagar… ¿una tasa? ¿la tasa playera? Nos sonaba un poco a encerrona y al final nos redujeron de 50 pesos por persona a a los 30 que nos ofrecieron en cuanto  nos vieron dudar un poco. Pagamos por no perder tiempo, pero en cuanto otra moto paró nos hicieron el gesto de no decírselo a los demás turistas…

 Personalmente me gustó mucho más que Las Cabañas. El agua estaba más clarita y no tan revuelta, con la misma cantidad de turistas que de locales, algo a lo que yo le damos bastante importancia. Y como la playa era enorme no sentimos en ningún momento aglomeración.

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Niños en Nakpan Beach

 

Pasamos unas horas metidos en el agua y disfrutando del sol charlando. Mientras Marc y yo hablábamos sobre nuestras vidas y experiencias, Ander aprovechó para preguntarle a Charlot, la francesa, todo tipo de preguntas a diestro y siniestro sobre su trabajo y sus extrañas “habilidades”.

 Aquí tendríamos para escribir un post de 100 páginas sobre ella. Pero en resumidas cuentas digamos que esta chica se gana la vida viendo cosas que otros no ven. Algo que tiene que ver con energías y lo que podríamos llamar “brujería”.

 Nos produjo mucha curiosidad, independientemente de si la creímos o no, ya que vino a Filipinas exclusivamente para visitar la misteriosa isla de Siquijor (de la cual podréis leer en otro post). Esta es una isla cerca de Cebú, un lugar que los propios filipinos no quieren visitar debido a las prácticas que se llevan a cabo en sus bosques. Se habla de chamanes y magia negra. Ella quería visitarlos y compartir experiencias.

 Vamos, a lo tonto nos perdimos la puesta de sol desde la colina. Encima, a la vuelta nos cayó el diluvio universal. Suerte que al menos aguantó hasta que pasamos la fiesta del barro. Porque si no ahí nos quedábamos.

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Atardecer en Nakpan beach

 

Tras unos días de risa con la tropa de Hakunana Matata, decidimos partir a nuestro siguiente destino. Así que la noche anterior a nuestra partida nos recorrimos las agencias preguntando precios de autobuses que nos llevaran a Port Burton, y todos nos parecían ridículamente caros 700 y 800 pesos por cabeza, más incluso que ir a Puerto Princesa.

 Todos nos decían que el precio se debía al mal estado de las carreteras, pero no nos convenció así que Marc, que había llegado días atrás de allí, nos aconsejó que fuésemos directamente a la estación de autobuses sin intermediarios. Efectivamente, en cuanto llegamos sacamos los dos pasajes a 800pesos.

Felices aquel día nos despedimos de todos los compañeros del hostal y a la mañana siguiente nos pusimos rumbo al tranquilo pueblo de Port Barton.

Si quieres saber datos útiles sobre El Nido, no te pierdas nuestro post El Nido, ambiente backpacker

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