De visita sin quererlo: Manila

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Llegamos a las 7:00 de la mañana al aeropuerto de Manila ataviados con el uniforme de China todavía. Y digo uniforme porque era nuestro atuendo de cada día, ya que lo único que variaba era la ropa interior y las camisetas. En Shanghai y ni hablar de Pekin el frío había llegado y a nosotros nos pilló muy poco preparados. Un pantalón largo y apenas un par de prendas de “abrigo”. Pero en cuanto llegamos a Filipinas apenas salimos del aeropuerto nos pusimos en pantalón corto y camiseta de manga corta otra vez. ¡QUE GUSTAZO!

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Paseando por las calles de Intramuros

 No pensábamos quedarnos en esta ciudad que tan poco nos habían recomendado.

-Ni a los mismos Filipinos les gusta.

-Es muy caótica

-No merece la pena si vas para poco tiempo

Esas eran las frases que habíamos escuchado. Y aunque sabemos que a veces la gente puede ser muy exagerada, decidimos pasar de ella e ir directos al puerto para coger un ferry en dirección a Coron ese mismo día.

 

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Edificio que sobrevive al paso del tiempo de aquella forma en Manila

Nos habíamos informado debidamente sobre el recorrido que haría el autobús desde el aeropuerto, los km que caminaríamos hasta el puerto y la hora en la que estaríamos pisando esas aguas cristalinas de las playas de Coron al día siguiente. Todo calculado al milímetro. Pero las cosas no salen siempre como queremos y menos si hay una fuerza mayor como es el mar que cuándo dice que NO, es que No… 

 

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El puerto de Manila y sus barcos perfectamente cuidados

Decidimos caminar durante media hora con las mochilas a cuestas, pasando por zonas a las que poco acostumbrados estábamos. Cruzando los alrededores del puerto se podía observar la dureza de una ciudad con grandes dificultades y desigualdades: familias que vivían completamente en la calle en condiciones lamentables, tanto jóvenes como mayores compartiendo el césped de una rotonda como hogar, niños pequeños desnudos caminando entre basura, otros un poco más mayores con una bolsa de plástico pegada a la boca con la que inhalaban desconozco que sustancia.

Yo reconozco que iba un poco asustada de todo lo que veía, pero a la vez saludaba y sonreía a esas mismas personas que me producían esa sensación de inseguridad en respuesta a sus reacciones de simpatía. Y pensamos: “Que maja y educada es la gente”. Poco tardamos en darnos cuenta que estábamos en el país con más sonrisas en el que habíamos estado. 

Por fin llegamos a las puertas de la compañía que nos llevaría en ferry a Coron, pero nos informaron que aquel día no podía partir debido a que la mar no estaba en condiciones y que era peligroso zarpar.

¿Y AHORA QUE HACEMOS?

No teníamos hostal, ni internet, ni muchas ganas de pasar una noche en la ciudad. Algo teníamos que hacer, así que hicimos todo el camino de vuelta otra vez con las mochilas a cuestas hasta una plaza en la que una chica nos ayudó a encontrar un bar donde poder conectarnos a internet. Reservamos hostal y otra vez alternando una larga caminata con un corto trayecto en tren, llegamos. 

 

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Calles de Manila. El caos de la ciudad de siempre

Teníamos que aprovechar nuestra estancia al máximo ya que el ferry se retrasó hasta el día siguiente por la tarde. El destino había decidido que nos quedáramos y el karma nos la había hecho pagar por despreciar esta ciudad sin siquiera querer pisarla. Así que queriéndolo o no, ya podíamos tener una opinión en primera persona.

 

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Bienvenidos a Intramuros

 Nos dirigimos caminando hacia la parte histórica, Intramuros. Pasamos parques ajardinados muy amplios, numerosos edificios coloniales algunos derruidos como la Ciudad Amurallada, otros como el Fort Santiago y La Catedral reconstruidas numerosas veces (tras ser dañadas por tifones, terremotos y guerras). El único edificio intacto desde su creación es la iglesia de San Agustin. Hacía mucho tiempo que no veía una ciudad que siendo tan diferente y en un país tan exótico, se me hiciera tan familiar. 

 

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Interior de la Iglesia San Agustin

Las calles estaban llenas de gente y las carreteras abarrotadas de todo tipo de transportes con ruedas (todos más de dos, ya que vimos pocas bicicletas), taxis, coches, tuk-tuks (al estilo filipino) a los que ya estábamos acostumbrados a ver en el resto del Sudeste, pero que aquí los llamaban triciclos. Los autobuses locales también eran parecidos a los de Indonesia, una fusión entre furgoneta y mini autobús escolar llamados Jeepneys

 

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Al final del viaje acabaras acostumbrado a los peculiares Jeepneys.

Todo el tráfico era caótico, algo de lo que ya veníamos avisados. Hay que decir que no nos movimos mucho por el resto de la ciudad y todo el recorrido desde el hostal lo hicimos caminando. Así es imposible pillar atasco, pero no nos pareció que distara taaaaaanto de alguna otra ciudad como Kuta Bali o Bangkok. Y al menos los “triciclistas” no insistían y aceptaban respondiendo con una sonrisa cuando les decías que preferías ir caminando.

 Pasamos por Chinatown por casualidad y cruzamos un puente en el que vimos un grupo de niños haciendo sus necesidades, en cuclillas, con el culo al aire y de espaldas al río, mientras un amiguito se bañaba entero unos metros más lejos. 

 

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¡Que bonita es la amistad!

Vagabundos y niños que paseaban solos y sucios, familias o simplemente madres con bebes en brazos dormían la calle. Y sobre todo en la parte turística de Intramuros nos entristeció ver la abundancia de insistentes niños que se acercaban mirando a los ojos directamente (mientas tiraban de la ropa llamando la atención) a todo extranjero que viesen para pedirle dinero

 

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Una triste, pero tipica imagen en las calles de Manila

Al día siguiente nos personamos una hora antes de la que nos aconsejaron estar (no vaya a ser que el capitán entre antes que nosotros)😒😒. En total estuvimos fuera unas dos horas esperando a que llenaran el barco de mercancías al que llamaban ferri. Y otras cinco a que saliera. A mí me dio tiempo a echarme hasta una siestecita. 

Habíamos comprado en el “ferri” los asientos más económicos que encontramos. Eso quería a decir que dormiríamos al aire libre en unas literas acomodadas con colchonetas sin aires acondicionados ni esas cosas para ricos.

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Catedral principal de Manila

 Pero esta vez la suerte estuvo de nuestro lado, o más bien dicho la confusión, y se equivocaron dándonos el camarote del aire acondicionado (al ser los únicos extranjeros ni nos miraron el pasaje, y nos metieron directamente ahí pensando que es el que habíamos comprado). Ander y yo nos miramos con una sonrisa cómplice a gustito del aire fresco.

 ¿Y que se hace tantas horas en un barco? Pues entretenerte con lo que sea. La verdad, en un montacargas no hay mucho que hacer. La parte de abajo estaba llena de caja y contenedores gigantes y la cubierta llena de camas. Pero bueno, al menos en nuestro compartimento había una televisión. Doblado en filipino, eso sí… pero es mejor que nada.

 

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El montacargas donde viajabamos

Y DESPUES DE LAS 22 HORAS en vez de las 18 que nos tocaban agradecí ese prejuicio que me salvó de ir todo el camino vomitando. Fue un error que no cometeremos más (escatimar en los barcos de largo trayecto) y más teniendo en cuenta que yo me mareo enseguida. 

 Sea como fuere, ya habíamos llegado a nuestro destino. Coron.

 

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Al fondo, Coron

Gracias por leer este post. Esperemos que te haya gustado.

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