Cruda realidad, bienvenidos a India

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Montamos en un autobús destartalado que ni a propósito podría estar más sucio. Eran las siete y media de la mañana en un paso fronterizo: íbamos camino a Gorakhpur. Yo con la cara de pocos amigos y somnolencia en automático, después de una larga noche en otra “cafetera” incomoda en la que la música nepalí no dejó de sonar durante todo el viaje.

Todos esos sentimientos pasaron a un segundo plano cuando comencé a fijarme en la pareja que se sentaba dos asientos más adelante.

Tengo que reconocer que soy hipersensible a estos temas: no solo porque me afecten, sino porque a veces veo fantasmas donde no los hay y reacciono sobreactuando cuando interpreto un signo de desprecio hacia una mujer. Por eso al principio no se lo comenté a Ander. Pero tampoco hizo falta, ya que fue él quien se dio cuenta por si solo sobre lo que parecía estar ocurriendo.

Los signos de afecto y cariño entre indios no son habituales. Menos, en esas medidas.

Este hombre, que desde el principio quisimos creer (y queremos seguir creyendo) era su marido, estaba prácticamente encima de su acompañante. Ella por su parte, con un velo que solo dejaba ver sus ojos, permanecía pegada a la ventana, inmóvil, perdiendo la mirada lejos del autobús. Ni un gesto, ni una sola palabra, nada más que tristeza en unos ojos que alcanzaba a ver cuándo me asomaba por mi ventanilla.

Él siguió. Pasaba su brazo por encima, la acariciaba, acercaba su cara buscando la de ella… no la encontraba y forzaba ese acercamiento intentando voltearla para enfrentarse con su rostro. Ella se aferraba al marco que la comunicaba con el mundo exterior, evitándole, sin dejar de mirar afuera…

A ninguno de los dos nos gustaron las formas de aquel hombre y menos la extraña y triste pasividad que generaba en aquella mujer. Al principio quisimos pensar que era causa de una riña que podían haber tenido, pero la situación nos incomodaba.

No sé si ese sentimiento de rabia y de responsabilidad como mujer fue intensificado por el artículo que leí dos días atrás sobre Sheroes Hangout y como dos mujeres supervivientes de un ataque de ácido en India, luchan por la causa y ayudan a otras en su situación.

Pero cada vez me sentía más furiosa.

Los gestos siguieron y nadie en todo el autobús parecía inmutarse. Nadie, salvo la pareja de ancianos que nos separaba de los protagonistas. La anciana se levantó del asiento para ver con más claridad lo que pasaba. Estaban notablemente preocupados, esperando alguna señal de la chica para confirmar lo que todos estabamos pensando. Pero la nula reacción de aquella mujer los confundía al igual que a nosotros.

De repente en lo que pareció un pequeño forcejeo, la acercó a su cuerpo mientras reía, como si de un juego se tratara. Ella empujándolo freno en seco sus intenciones y se volvió hacia la ventana, tapándose los ojos con el brazo.

 No vimos con claridad lo que pasó, pero sospechamos que la comenzó a tocar… La anciana que seguía de pies, miró a su marido angustiada mientras tomaba asiento, a lo que él respondió con un beso en la mejilla.

No alcanzaba a ver si la mujer estaba llorando, pero yo ya no podía más. Me levanté y le dije a Ander:

“Tenemos que decirle algo a ese gilipollas”

Lo siento, fueron mis palabras. Entonces Ander me paró:

 “Eider no puedes meterte, yo me estoy mordiendo los huevos” (palabras textuales) “pero no podemos intervenir. Son las siete de la mañana en un paso fronterizo. No sabemos de qué va esto, pero todo el autobús está al corriente y nadie dice nada. Acabamos de entrar en India y somos los únicos extranjeros aquí. Como reacciones mal podemos meternos en un problema. Seguro que si va a más, el matrimonio de en frente hará algo”.

Me intentó relajar (sin mucho éxito). Pero ambos sabíamos que mis maneras no ayudarían a aquella mujer y menos a nosotros.

Era triste, pero a nadie parecía importarle. El “pica” los miraba y yo lo miraba a él. Señalaba enfadada a la pareja esperando que hiciera algo, pero nada. Ander me pedía que me tranquilizara sin que él pudiera hacerlo y yo rompí a llorar como una niña por el sentimiento de impotencia y culpabilidad de no tomar cartas en el asunto.

Mientras tanto aquella mujer seguía agarrada a la ventana, intentando alejarse del hombre que se pegaba y la sujetaba como si de su muñeca se tratara…

El autobús se detuvo y el hombre se levantó. Ella se quedó mirando por la ventana sin ninguna intención de ir a ninguna parte, pero sin dejar un segundo de margen, la agarró del brazo e intentó moverla del asiento.

La mujer quería quedarse en el autobús.

 En ese instante también me levanté yo y queriendo pasar por encima de Ander le grité en castellano, que era lo que me salió. Él ni se inmutó y volvió a tirar de ella con fuerza obligándola a salir del autobús rápidamente… ninguno hicimos nada.

Salieron y el colectivo arrancó mientras yo miraba por la ventana cómo ella se sentaba en la acera como si todo le diese igual y no tuviera ganas siquiera de caminar. Para entonces ya se le había caído el velo y le vi la cara por primera vez: No tenía lágrimas en los ojos, pero quizás ya se le habían terminado.

Odié y maldije a todos y cada uno de los pasajeros del autobús, pero sobre todo a mí misma por mala mujer; por cobarde y miedosa; porque puse por delante mi seguridad (sin saber si de verdad peligraba), ante la de una mujer, que en mi opinión, sí que lo hacía.

No sé qué es lo que hubiera pasado si me hubiese enfrentado a aquel hombre… me lo he imaginado cientos de veces: qué es lo que hubiese dicho, qué es lo que hubiese hecho y cómo le hubiese afectado eso a aquella mujer… Me hubiese gustado ver arrancar ese autobús sin él. Pero me quedé llorando sujetando a Ander, mientras los pasajeros me miraban inexpresivos…

Lo siento.

Eider

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13 comentarios

  1. Excelente artículo. Muchas veces, no sabemos como actuar en determinadas situaciones. Bravo por tu sensibilidad y empatía. Un saludo

    • Muchas gracias Gorka. La verdad es que siempre he dicho que no dejaría que pasaran esas cosas delante de mí, pero cuando tuve la oportunidad no lo evité. Como bien dices a veces no sabemos cómo reaccionar… Un saludo

  2. Un relato muy triste pero muy bien contado. Me imagino tu impotencia y tu desconcierto ante la indiferencia de los demás.
    Lo sentí como si me estuviera pasando….

  3. Increíblemente triste…. pero no sabemos cómo actuar hasta que no te encuentras me la situación…

  4. Izugarri ondo azaldutako bizipen gogorra!!
    Ni zure lekuan egon izan banintz, pena eta amorru handiarekin onartzen dut berdina egiten bukatuko nuela beldurraren poderioz.

  5. Me da pena que hayas tenido que vivir esta experiencia tan dura y me llena de orgullo que quisieses ayudar a esa mujer.
    Gracias por ser así!!!

  6. Solo leerlo me he quedado chafada… yo tampoco sé que hubiera hecho… unas cosas de las que más rabia da es la indiferencia de los demás…
    Entiendo perfectamente vuestra impotencia.
    Ánimo y disfrutad de la India!

  7. Gran relato aunque duro y triste.
    Creo que hiciste lo correcto porque no puedes ir de abanderada por una causa que sola y en un pais como ese poco podrias hacer, o como dice Ander igual complicaros la vida.
    Me imagino que te quedara esa rabia e impotencia como mujer , pero animo.
    Musus para los dos
    Araceli
    (la que cuida de la abuela de Ander)

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